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martes, 3 de agosto de 2010

Carta al señor Miguel Ángel Revilla

(ENVIADA POR MAIL AL SEÑOR REVILLA Y CONTESTADA DE MANERA ESCUETA Y SIN ARGUMENTOS SÓLIDOS) 23-9-2009

Hola señor Revilla,

Ya que usted se ha tomado la libertad de censurar a Laporta, permítame que yo censure al mismo tiempo su actitud por diversas razones, todas ellas derivadas de la misma raíz principal: la hipocresía. En primer lugar, usted recrimina al máximo mandatario azulgrana el hecho de mezclar política con deporte y usted hace exactamente lo mismo acudiendo al palco de El Sardinero y dando su respaldo al Racing. Entiendo y respeto sus simpatías por el club más representativo de su comunidad, pero entonces no critique usted a Laporta ya que está haciendo lo mismo. En segundo lugar, me parece totalmente desafortunada la frase: “Soy tolerante con todo menos con los asesinos de ETA y con los que se quieren separar de España". Está metiendo en el mismo saco a un grupo terrorista y a una opción política, exactamente igual de legítima y, por tanto, de respetable que la suya. Además, usted ya sabrá que la expresión “separatista” tiene connotaciones peyorativas porque es fruto de la agresividad lingüística y de la tergiversación de cierto sector de la prensa derechista española, de la que usted se deja influir y contaminar. Le recordaré, sin extenderme en el tema, que la autodeterminación de los pueblos y regiones es un principio fundamental del derecho internacional público, recogido en la Carta de las Naciones Unidas y en los Pactos Internacionales de Derechos Humanos, entre otros documentos.

Por otro lado, ir pregonando a los medios de comunicación una conversación privada, es de poco savoir faire. Pero lo más lamentable de sus declaraciones no es esto. Lo más deplorable es que, y digámoslo claro sin rodeos, ni subterfugios, ni metáforas ni máscaras: el problema es la particularidad de la adhesión política de Laporta. Si Laporta, en vez de ser independentista, fuera nacionalista español y hubiera acudido a alguna manifestación del PP, de UPD o de Ciutadans, usted no habría abierto la boca (e incluso quizás para sus adentros lo hubiera celebrado).
Por lo tanto, es fácil deducir que usted, como se hace y se ha hecho desde hace tiempo, sigue avivando el fuego de la catalanofobia, seguramente como estrategia electoral. Usted tiene la obligación de respetar todas las opciones políticas, mientras no sean violentas o estén fuera de la legalidad. Y la independencia es una vía legítima y ERC un partido totalmente legal. Además, con una mínima dosis de rigor, de conocimiento histórico, de sensibilidad y de empatía, es fácil llegar a la conclusión que los anhelos de independencia sólo son la consecuencia lógica, natural y humana de tantos y tantos siglos de opresión y persecución a la lengua y cultura catalanas, porque España se ha construido desde la idea uniformizadora y centralista de Castilla, desde el pensamiento único de la cultura castellana, desde la falsa supremacía moral de la lengua española, negando y censurando cualquier sensibilidad distinta y concibiendo la diferencia como una amenaza y no como una riqueza. Le diré que España ya no es una, grande y libre sino que son varias, es pequeña y esclava de sus prejuicios. También le recordaré que España es un país plural y que la dinámica mundial también va en esta dirección de multiculturalidad y pluralismo, con la idea del respeto y la tolerancia por encima de jerarquías carpetovetónicas y por encima del odio, un sentimiento negativo que suele ser fruto de la mezcla de ignorancia y de algún complejo de inferioridad. Por otra parte, el hecho de ser presidente de un club deportivo no anula la ideología personal de Laporta como ser humano, como ciudadano y como votante, por lo que sus manifestaciones políticas personales entran dentro de la libertad de expresión, un derecho constitucional.

Por último, le voy a recomendar fervorosamente el libro “El nacionalismo lingüístico” en el que el catedrático de lingüística madrileño Juan Carlos Moreno Cabrera desmonta de un plumazo las falsedades y la manipulación propias del nacionalismo español. Si usted es una persona mínimamente inteligente y razonable (cosa que no dudo en ningún momento), tiene una mente abierta y es de aquellas personas inquietas y curiosas a las que les gusta ver las dos caras de la moneda y tener las dos versiones del mismo tema, sé que intentará leer este libro o se interesará por su autor. Si no encuentra el libro o no tiene tiempo para comprarlo, puede poner en el Google el nombre del autor Juan Carlos Moreno Cabrera y leer las entrevistas que le han hecho en distintos medios de comunicación. Si, por el contrario, en el caso hipotético que usted sea una persona tozuda que no sepa salir de su empecinamiento y obcecación, acostumbrada a salir de los debates ideológicos reforzando sus convicciones sin prestar atención al bando ideológico distinto y no se haya planteado en ningún momento que pueda estar equivocado en este tema, allá usted con su conciencia y su credibilidad. Puede pensar que yo soy un radical separatista, un polaco o un catalufo, como muchos ciudadanos españoles piensan y vociferan sin ningún tipo de pudor, o puede que le pique la curiosidad y que haga un esfuerzo. La elección es sencilla: leer para descubrir otra cara de la realidad y darse la oportunidad de hacer autocrítica, dudar e incluso quizás replantearse sus teorías, o seguir con su discurso hipócrita y manipulador. Usted elige. Solamente usted.


Sin ninguna acritud y de parte de un humilde periodista catalán (que conoce al dedillo su lengua y la respeta, así como a su cultura, y que exige el mismo respeto para su lengua y cultura).

Respuesta a un artículo de El Heraldo de Aragón


Artículo de Encarna Samitier publicado el 10 de agosto del 2008 en el Heraldo de Aragón





Es curioso que quienes más se empeñan en desligar el deporte de la política suelen ser los mismos que hacen uso propagandístico/político del deporte. Una cosa es cumplir el artículo 51 de la Carta Olímpico, que impide la propaganda política, religiosa o racial en recintos olímpicos, y otra es la inaudita prohibición de hablar de política por parte del Comité Olímpico Español.


Como ha sucedido en otros Juegos (el máximo exponente fueron los de la Alemania nazi de 1936),el régimen chino pretende dar la imagen de una potencia que no constituye una amenaza sino una gigantesca oportunidad para el resto del mundo. Pero las luces deslumbrantes de una ceremonia que mostró los avances de los últimos treinta años conviven con grandes zonas de oscuridad en las que el Gobierno pretende esconder las violaciones de los derechos humanos, que incluyen desde severos castigos a los disidentes hasta las limitaciones a Internet.


Si los Juegos sirven al régimen comunista para avanzar en un modelo de desarrollo sin libertades se habrá perdido una gran oportunidad. Pedir que se mejoren las libertades no es “politizar” los juegos, es un imperativo ético. El que ha movido a los 127 deportistas, algunos aspirantes a medalla, a pasar de los acomodaticios popes del olimpismo y a escribir una carta al presidente chino instándole a “proteger la libertad de expresión, de religión y de opinión en su país, incluido el Tíbet”.


Es una lástima que ningún español figure entre los firmantes. Pero lo auténticamente triste es que algunos políticos, como los que integran la Generalitat de Cataluña, no sólo no se preocupen por las limitaciones a la libertad de expresión sino que ellos mismos se dediquen a censurar, en plan cutre, las intervenciones de nuestros atletas. El Govern explica en sus notas de prensa que Cataluña tiene representantes en 15 modalidades, eludiendo el hecho de que dependen del comité olímpico español. Y ha colgado en su página web el anuncio que Pau Gasol, capitán de la selección española de baloncesto, hizo con Nike, trampeándolo de tal modo que no aparece la frase final: “Ser español ya no es una excusa; es una responsabilidad”. Ni seny ni juego limpio.





RESPUESTA






En primer lugar, usted mezcla la velocidad con el tocino, las churras con las merinas. No es de recibo hablar de China y el Tibet y acabar criticando a Catalunya, la comparación no procede por ningún sitio y además se le ve el plumero: lo que usted quería en realidad es una excusa para poder criticar a Catalunya, e indirectamente intenta establecer un nexo o un paralelismo entre la falta de libertad de expresión de la Alemania nazi y el Gobierno catalán, algo totalmente mezquino e improcedente. En segundo lugar, cae en la generalización sin aportar datos concretos. ¿Cómo sabe que toda la Generalitat de Catalunya entera no se preocupa por las limitaciones a la libertad de expresión? ¿Por qué no da nombres? En segundo lugar, se queja de que se trampee el anuncio de Pau Gasol en el sentido de que se haga constar la frase “Ser español no es una responsabilidad”, y no se atreve a entrar al fondo del asunto. No osa admitir abiertamente que esta frase es una declaración abyecta del más puro nacionalismo español, y que además mezcla política y deporte, curiosamente lo que usted censura durante todo el artículo. Ser español, ser catalán o ser de cualquier nación, nacionalidad, pueblo, región... no es una responsabilidad: la identidad no tiene nada que ver con la responsabilidad. Lo que sí es una responsabilidad es, por ejemplo, sacar una familia numerosa adelante en unos tiempos de crisis económica, tomar una decisión importante que afecte a mucha gente, afrontar un reto laboral complicado..., es decir, nada que ver con el sentimiento de pertenencia o identificación a una cultura o país. ¿Por qué usted no menciona nada sobre la nula vinculación entre identidad y responsabilidad? ¿Por qué no critica el latiguillo nacionalista español de la frase final de Nike? Por si tiene alguna duda, le dejo la definición de la palabra “responsabilidad” de la Real Academia Española.



1. f. Cualidad de responsable.


2. f. Deuda, obligación de reparar y satisfacer, por sí o por otra persona, a consecuencia de un delito, de una culpa o de otra causa legal.


3. f. Cargo u obligación moral que resulta para alguien del posible yerro en cosa o asunto determinado.


4. f. Der. Capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente.





Por último, gratuito e innecesaria la frase final:”Ni seny, ni juego limpio”. En primer lugar porque demuestra que cuando les interesa saber alguna palabra en catalán, la utilizan, y en otros momentos por ejemplo cuando se trata de un rótulo en una tienda, les suena a chino, y además está fuera de lugar ofender mediante un refrán catalán. Acaba cayendo en su propia trampa: usted intenta de puertas afuera desligar política y deporte y al final, hace indirectamente un uso político del deporte, en este caso por omisión y cobardía, sin entrar a valorar el trasfondo nacionalista de la frase de Nike. Lo que no es juego limpio, señora Samitier, son sus comparaciones y tampoco su silencio (¿o miedo?) a analizar la frase de Nike, que sí mezcla deporte con política. ¿Quizás porque muestra un nacionalismo español con el que usted está de acuerdo? ¿Quizás porque sólo le molesta que se mezcle deporte con política cuando no comparte esa política y en cambio considera normal y legítimo que se mezcle deporte con política si se trata de alentar el nacionalismo español?


¿Quizás porque considera que su nacionalismo es el bueno, el oficial, el legítimo y obligatorio y los demás no?

Los internacionalistas/Ciudadanos del mundo

Una de las especies que me enojan e irritan más son “los internacionalistas”, popularmente conocidos como “ciudadanos del mundo”, definición trufada de candidez y ingenuidad más propia de Bambi o de los mundos de Yuppie. Ataviados de ese falso sentimiento metanacional que los hace estar por encima del bien y del mal, dando lecciones de tolerancia y de universalidad por doquier, despreciando quién se identifica legítimamente con su cultura, lengua y tierra. El internacionalista encarna en realidad al cobarde, al que no se moja, al que renuncia públicamente a exhibir su identidad por miedo o vete a saber por qué otro motivo. Normalmente, el internacionalista, que acostumbra a menospreciar todo patriotismo pero especialmente el patriotismo periférico o más minoritario por considerarlo una pérdida de tiempo, no se da cuenta de su hipocresía. Censura y se mofa de los intentos de normalización cultural argumentando que hay problemas más globales y transcendentales que afrontar (normalmente suele citar, con afán demagógico y populista, el hambre en el tercer mundo, la desertización o la subida de las hipotecas) y tiene parte de razón en su queja porque de hecho son problemas no desdeñables. Pero él puede ocupar su tiempo y energías en denunciarlos porque las otras cuestiones básicas ya las tiene solucionadas, porque su lengua y su cultura ya tienen garantizada la supervivencia y la estabilidad.

Sentido del humor


Reír y, en general, tener sentido del humor, es algo saludable, tal y como han indicado frecuentemente los médicos, y además es un síntoma claro de un cierto equilibrio emocional de la persona. Para reírse de los demás, primero hay que reírse de uno mismo, y ambas cosas tienen que producirse en un contexto amigable, en el sentido de desdramatizar las cosas, quitar hierro al asunto y adoptar una perspectiva optimista ante la vida. En este sentido, es de agradecer la existencia de programas como “Vaya semanita” o “Polònia”, y no me resulta nada sorprendente que el primero sea hecho por vascos y el segundo por catalanes. En  “Vaya semanita” se ríen de los tópicos, actitudes y pensamientos de los vascos, obviamente de manera exagerada, generalizadora y caricaturesca, y en “Polònia” se parodian con elegancia pero con firmeza todos los políticos catalanes sin excepción y sin importar su afiliación política o procedencia.

¿Por qué no existe ningún otro programa similar en las demás regiones españolas (incluidos canales autonómicos)? ¿Será quizás porque tienen miedo de hacer este ejercicio de autocrítica humorística? Quizás prefieren hacer programas de burla grosera a los demás antes que meterse con ellos mismos. Quizás estos programas, por su gran acogida, reflejan una tendencia, y es que en Catalunya y en el País Vasco, acostumbrados históricamente a las burlas y críticas, se da el caldo de cultivo necesario para que algunas personas se les ocurra dar un paso el frente y revertirlo todo en un espacio televisivo, como si quisieran decir: “nosotros somos los primeros en reírnos de nosotros mismos”, eso sí, con habilidad, inteligencia, finura y respeto, cuatro características con las que casi nunca se trata a Catalunya y al País Vasco en los programas del resto de España.

¿Cuándo se podrá ver un programa hecho por madrileños en los que se parodien los políticos y los ciudadanos madrileños y, por ejemplo, se rían del tópico de la chulería?  ¿No será que es más cómodo reírse de los otros que de uno mismo?

Representatividad política

En principio, los políticos representan a sus respectivos ciudadanos, que los eligen en las urnas de forma democrática y que al fin y al cabo son los destinatarios y receptores de las medidas e iniciativas que tomen los gobernantes. Las personas depositan su confianza en los políticos por un plazo determinado de tiempo pero esto no significa ni mucho menos que cada palabra o acción de los que detentan el poder sean un reflejo exacto de lo que piensan o harían sus representados. Por lo tanto, y teniendo en cuenta el frecuente “donde dije digo digo Diego” al que se abonan muchos gobernantes en pro de pactos oportunistas e intereses electorales, no se puede culpar a los votantes de lo que hacen sus gobernantes. Al margen de acciones legales y jurídicas concretas, no hay más posibilidad de control que unas futuras elecciones, donde los errores de unos y los aciertos de otros acabarán pasando factura en ambos sentidos.

Hugo Guarra, un palurdo vallisoletano que trabaja en una empresa de ascensores, en plena confusión de términos, pretende hacer sentir culpables a los catalanes por declaraciones o iniciativas de Carod-Rovira o de ERC, como si toda su acción de gobierno fuera una copia fiel de lo que quiere la totalidad de los ciudadanos catalanes. De nuevo, la parte por el todo, aprovechar deslices, salidas de tono o errores de unos políticos catalanes concretos para insultar, despreciar u ofender a Catalunya y a sus ciudadanos. No sólo es evidente que el hecho de ser catalanes no los convierte automáticamente en peores políticos sino que también es obvio que el concepto de representatividad política es relativo. ¿O es que hay que odiar a Galicia y a los gallegos y más concretamente a La Coruña por el hecho de que fue donde nació Franco? ¿O es que los que en su día votaron al PSOE liderado por Felipe González son también responsables de la malversación de fondos y por lo tanto también merecen ser catalogados de chorizos?

La transición española


La transición fue una pantomima. Así de claro. A pesar de que la historiografía y los medios hayan insistido hasta la saciedad y el hartazgo que fue modélica, que se elogie la conducta del rey y que en cierta opinión pública haya calado el convencimiento de que se hizo de la mejor manera que se pudo, llegando al extremo de decir que prácticamente no hubo alternativa. Esto es falso. No sólo porque las cosas, en general, siempre se pueden hacer mejor sino porque lo que imperó allí fue la cobardía. No se hizo borrón y cuenta nueva como en Alemania, juzgando los criminales del régimen antidemocrático, regenerando instituciones y partidos. Franco murió en la cama y se propuso dar cabida a todo el mundo, incluidos los franquistas, para no alterar sensibilidades. De ahí que Alemania nos lleve más de 60 años de ventaja en cuanto a higiene democrática: 30 años cronológicos imposibles de recuperar (la caída del nazismo se produjo en 1945 mientras que la del franquismo en 1975) más los 35 que llevamos por hacer una desastrosa transición. La fragilidad de la transición se aprecia claramente en algunos detalles, desde el golpe de Estado de 1981 (el enjuiciamiento y encarcelamiento de todos los franquistas hubiera impedido su posterior rearme) hasta los recientes recelos sobre la ley de la memoria histórica, la polémica sobre el archivo de Salamanca o las voces en contra sobre la retirada de estatuas de Franco y demás símbolos fascistas, el hecho de que se perciba como normalidad el doblaje del cine en catalán…medidas que se debieron haber tomado al principio de la democracia y que ahora se verían, no como reclamaciones ni revanchismos, sino como fruto de una normalidad pacífica, cívica y consensuada.

Ante la expectativa de la transición, España tenía una oportunidad histórica para apelar a la unidad entendida como la hermandad de los pueblos y reconciliar los bandos, pero no una unidad homogeneizadora y centralista, sino una unidad en el sentido de un consenso con todas las sensibilidades y nacionalidades presentes en el territorio. Pero no fue así sino todo lo contrario. Tenía la oportunidad histórica de darse la mano y estrechar lazos con las sensibilidades del territorio que habían sufrido todavía más la represión cultural (Catalunya, Galicia y el País Vasco) por haber sido privados de su instrumento de comunicación y de sus manifestaciones culturales. Pero no. El pueblo catalán, el gallego y el vasco deberían ser admirados por haber resistido con tanta perseverancia como pacifismo a la ilegítima persecución y censura fascistas. Pero no. ¿Por qué? Con el progreso reestablecimiento de una aparente democracia y la lenta e incompleta normalización cultural y social de las lenguas distintas al español, ha calado en ciertos medios y en consecuencia en cierta parte de la opinión pública la idea de que las “demandas nacionalistas” de “determinadas regiones” ya han tocado techo y que ahora ya no se pueden permitir más exigencias. Como si el hecho de poder expresarse de forma oral y escrita en su propia lengua fuera una especie de concesión a la cual deberíamos estar profundamente agradecidos y que esa permisividad ya nos impidiera profundizar en ese desarrollo y normalidad de la lengua y cultura propias. Da la sensación que en la época franquista eran más comprensibles las reivindicaciones de las lenguas y culturas reprimidas (esta persecución no se ha reconocido hasta hace bien poco, al asociarse erróneamente y con mala fe con la falsa persecución de la lengua y cultura españolas en Catalunya) pero que ahora, con una supuesta normalidad democrática, ya no es posible ahondar más en la promoción y desarrollo de estas lenguas y culturas. Con lo que, al final, se descubre el verdadero nacionalista español intransigente que lleva mucha gente en lo más profundo de su ser, que en realidad no le hace ninguna gracia el avance y la normalización de lenguas y culturas distintas a la castellana y que públicamente no expresa este rechazo porque sería políticamente incorrecto pero que no lo ve con buenos ojos porque desde su mente tergiversada y desde su concepción monolítica y primitiva, asocia la normalización de las mal llamadas lenguas y culturas periféricas con el retroceso de su lengua y cultura españolas, a las que considera superiores e intocables.


La Diada

Vamos a analizar otro ejemplo de clamorosa e inadmisible manipulación de los medios, en este caso respecto a la Diada. A raíz de la celebración del 2008, Antena 3 dedicó quince escasos segundos de información, en un video que se limitaba a mostrar imágenes de una veintena de personas increpando a dirigentes del PP. En primer lugar, eso forma parte de la expresión y los dirigentes políticos han sufrido este tipo de abucheos en todas partes del mundo. Por otro lado, la esquizofrenia y la bipolaridad del PP catalán, que intenta desesperadamente sacar votos en Catalunya mientras su dirección general en Madrid utiliza la catalanofobia como rédito electoral, da alas al abucheo: es normal que se increpe a un partido irrespetuoso con el territorio donde pretende gobernar. Lo que no es normal es su callejón de salida, que pretendan tener una fuerza mayoritaria mordiendo la mano que le da de comer. ¿Cómo pueden llegar a ser algún día mayoritarios en Catalunya si son contrarios a la normalización y consolidación de la lengua y cultura catalanas?
También mencionaron con preocupación que en algunos ayuntamientos se hubiera sustituido la bandera catalana por la independentista. En cambio, ni una palabra sobre el contexto histórico de la diada, ni una palabra sobre las numerosas actividades culturales y lúdicas (poesía, danza, música....), ni una mención sobre el carácter mayoritariamente pacífico y cívico de la gente

En el 2009, Telecinco tuvo la osadía de ahondar en esa tergiversación. Habló de reivindicación nacionalista e independentista, olvidando que la diada es un acto de catalanidad y catalanismo, tan legítima y digna de respeto como el del 12 de octubre. Y en cuanto a lo del boicot a Noa, dijeron que medio centenar de personas la abucheó. Cierto, pero no es menos cierto que eran 50 sobre un total de 13.000/15.000. De nuevo, elevando la anécdota a categoría de notícia y otorgando a la excepción el rango de regla general. Supongo que la desinformación televisiva es la segunda táctica de los afines al nacionalismo españolista y retrógrada, justo después de aquella que popularizó y nunca mejor dicho el PP, según la cuál una mentira, a copia de repetirse hasta la saciedad, se convertía en una verdad irrefutable. Con una tergiversación de tal calibre, es totalmente comprensible que un señor, por ejemplo, de Albacete (con todos mis respetos por esta comunidad) que no sintoniza TV3 llegue a desarrollar un sentimiento anticatalán y que convierta al ciudadano catalán de a pie en un radical.

Nada que ver, obviamente, con el tratamiento del 12 de octubre y todos sus fastos y gastos. Entonces sí es una fiesta nacional, una reivindicación de la hispanidad, sin más peros ni cuestionamientos políticos que los abucheos a Zapatero. El desfile carpetovetónico del ejército, los aviones dejando ir un rastro de humo en forma de bandera española o el paracaidísta que aterriza con una inmensa bandera. Ningún medio televisivo ni escrito ni radiofónico habló entonces de nacionalismo español, ni nadie de los presentes se atrevió a decir aquello de “menos banderas y más soluciones”, como sí ocurrió en la diada, como si la crisis sí tuviera que ver con las reivindicaciones identitarias catalanas y no con las españolas. Evidentemente, tampoco ninguna mención a los 500 fascistas que se manifestaron impunemente en Montjuïc (¿se imaginan que en un 11 de septiembre unos catalanes exhibieran su catalanismo en Santander, León o Ciudad Real por poner algún ejemplo?). Y en este caso la comparación tampoco procedería, porque el catalanismo es un sentimiento respetable en cuanto a que es democrático, no así el fascismo. Como nota curiosa, destacar que mientras en la diada anualmente se hacen actos culturales (danza, poesía, música...) el 12 de octubre todo se reduce a una recepción política a los reyes y un paseo militar muy ostentoso, como si se quisiera hacer una demostración de fuerza y autoridad, con cabra incluida (llamada Golfa en el 2009). No hace falta ser muy inteligente para intuir el nivel intelectual medio del ejército ni del tipo de personas que lo integran. No deja de ser sintomático: en la diada se hacen actos culturales, en el 12 de octubre, actos militares. Una sensible diferencia que también muestra la idiosincrasia de cada sentimiento y retrata fielmente cada una de las dos identidades.
Obviamente, el tratamiento de la Diada no tiene absolutamente nada que ver con el tratamiento dado a otras fiestas peninsulares, como la de San Isidro, las Fallas, la feria de Abril o el Chupinazo. Porque, si hace falta, retransmiten el informativo desde el mismo sitio.

Contradicciones


Cinismo e hipocresía son rasgos cosustanciales al nacionalismo español: mientras insisten y claman indignados para que se reconozca que hay más de una Catalunya (reivindican la gente de habla castellana, en realidad lo que querrían es que esa gente fuera mayoría y españolizar Catalunya) niegan rotundamente y no quieren concebir que haya más de una España/llaman facha a alguien que agita una bandera independentista y/o catalana pero ellos pueden exhibir con orgullo su bandera española, etc...Además, ignoran que en Espanya, no sólo en Catalunya, también hay gente que no se siente espanñola y esa realidad también existe.Fuera máscaras, falsas diplomacias y pusilánimes conciliadores: la diferencia es que el españolismo es expansionista y quiere destruir todo lo que no es español, mientras que el catalanismo intenta reivindicar su cultura y lengua para que no se pierdan. El catalán no quiere imponerse en el resto del Estado, sólo se quiere garantizar que sea el idioma habitual y mayoritario dentro del territorio donde es lengua propia (en el único territorio del Estado donde es oficial, sin contar Valencia y las Islas Baleares, donde recibe un nombre distinto a pesar de ser la misma lengua). En cambio, el castellano sí se impone en todo el Estado (la propia Constitución subraya el deber de conocerlo y hablarlo) y en cambio no se ve como una imposición.

Como algunos consideran la cultura y la lengua catalanas como menores (confundiendo menor con minoritaria y además habría que analizar el concepto de menor, porque en relación a según que lenguas no es menor), sobre todo en comparación con una lengua hablada por 400 millones de personas, se asocia con algo secundario, anecdótico y sin importancia. Por lo tanto, cualquier reivindicación en este sentido será igualmente irrelevante y caprichoso. Por lo tanto, pedir cosas (productos etiquetados en catalán, películas dobladas al catalán, etc...) que una cultura y una lengua normalizadas como la castellana ya tiene, convierte a los reclamantes en radicales, nacionales o separatistas.

En resumen, cualquier paso hacia la normalización del catalán es visto como un abuso porque para ellos el catalán debería ser una lengua de segunda, de uso doméstico (es lo que querrían). Aunque sea de modo inconsciente y muchos nunca lo reconocerán públicamente, para algunos la mera supervivencia/existencia del catalán es una especie de mancha en su historial colonialista (la herencia del trauma de 1898), una afrenta por parte de una cultura/territorio que no se ha doblegado al nacionalismo español y cuyo único objetivo es algo tan normal y legítimo como preservar su lengua y cultura.



Ser y sentir

Ser y sentir. Dos conceptos diferentes, que algunos se entestan en unir, eliminando la dicotomía, especialmente en cuestiones identitarias.
Una cosa es ser español y otra muy distinta es sentirse español. Ser español, o mejor dicho, ser ciudadano español es estar sujeto a las leyes y obligaciones jurídicas y económicas derivadas de la pertenencia a un territorio, en este caso al Estado español.

Pero “ser” es un término muy amplio, por lo que su uso suele devenir erróneamente en una definición restrictiva del individuo cuando debería ser una característica más: del mismo modo que una persona no “es” solamente abogado, médico o profesor, sino alguien de carne y huesos, con emociones, pensamientos, opiniones, acciones, valores, hobbys, preferencias y círculos sociales, sería simplista reducir a alguien como “español” o “alemán” o “inglés”.

Pero es que además, ser no es sentir. Se puede ser español y no sentirse español. Y no sentirse español no es ningún delito ni ningún pecado ni mucho menos un defecto; porque el sentimiento es algo subjetivo y personal que forma parte del ámbito privado (de la elección, aunque en muchos casos es algo más instintivo y menos racional). No sentirse español no significa ni mucho menos ser peor ciudadano español ni un ciudadano español de segunda.

En mi caso, se trata de una consecuencia de un agravio histórico hacia Catalunya. Me parece contradictorio (y hasta cierto punto masoquista o cínico o producto de una grave ignorancia de hechos históricos) sentirme identificado con un todo (España) que sistemáticamente ha intentado obstaculizar, perseguir y eliminar la riqueza de mi parte (Catalunya) con la que sí me siento identificado.

El argumento de que soy español porque así figura en mi DNI y en mi pasaporte carece de rigor científico. Es como si quienes lo afirman, valiéndose de la importancia del documento (un DNI tampoco define ni abarca las múltiples facetes de una persona), le confirieran un carácter de obligatoriedad, es decir, como si indirectamente la palabra español en mi DNI me obligara a sentirme español. Como bien dice mi hermano, si yo le escribo la palabra “subnormal” en la frente de alguien, ¿querrá eso decir que esta persona es efectivamente “subnormal”? ¿Verdad que no?

Manipulación


Manipulación, tergiversación, intoxicación... podemos manipular, nunca mejor dicho las palabras, pero no por ello conseguiremos deformar la realidad, aunque sí exaltar y engañar a ciertos energúmenos adeptos a la cizaña. Es totalmente falso que en Catalunya se multe “por rotular en castellano”; en realidad se multa “por no rotular, al menos, en catalán”. Es decir, se puede rotular en castellano, inglés, alemán, griego o mandarín siempre y cuando figure también la traducción correspondiente en catalán. Muchos de los que sostienen esta memez, además, lo hacen desde la distancia, es decir, desde la ignorancia. Dudo mucho que se hayan paseado por las calles de cualquier localidad catalana para comprobar el idioma de los comercios. Porque verían muchos letreros en español, muchos de ellos sin sanción alguna.

También es completamente falso que no se puede educar en castellano en Catalunya. Lo que no se puede es educar “íntegramente en castellano”, cosa lógica teniendo en cuenta que el catalán también es oficial en Catalunya y que además es la lengua propia de Catalunya (si existe una lengua propia, por descarte significa que la otra es ajena y la propia debe ganar un terreno que le corresponde para combatir una desigualdad histórica e injusta basada en la imposición del castellano). De la misma forma que uno no puede educar “íntegramente en catalán”, sin aprender nada de castellano ni de inglés, sería renunciar a la oportunidad del enriquecimiento cultural y personal. En un territorio con dos o más lenguas oficiales, lo que es excluyente e insensato es pedir que se eduque en una sola y lo cínico es disfrazarlo de libertad de elección. Si estuviéramos en Suiza, donde existen tres idiomas oficiales, ¿veríamos como una imposición que a los alumnos se les obligara a escolarizarse en los tres idiomas? Entonces, ¿no sería quizás el auténtico excluyente aquél que pretendiera que su hijo sólo se escolarizara en uno de los tres idiomas? Pero lo más grave es que, al igual que en el caso de los rótulos, quiénes sostienen que en Catalunya no se puede estudiar en castellano, no han pisado en su vida ni un centro escolar catalán y lo grave es que se lo creen y lo defienden a capa y espada, como si fuera una teoría empírica. Eso es como si un diario catalán se empecinara en insistir que en Murcia, Plasencia o Santander se prohíbe hacer cualquier cosa y los ciudadanos catalanes se lo creyeran hasta el punto de aceptarlo como realidad total y radicalizar su postura si alguien osa contradecirlo. 

El problema principal estriba en que el nacionalista español estaba tan malacostumbrado a que el castellano fuera la lengua hegemónica de Catalunya, que con la recuperación de la democracia y las libertades, ahora la normalización del catalán le parece algo abusivo e impropio porque desafía su paisaje monocultural y monolingüstico que se había hecho en su cabeza y del que es incapaz de salir. Lo suyo no es tozudez sino pura estrechez mental: en su vida sólo les han inculcado una manera de ver las cosas hasta el punto que no aceptan otra manera de verlas porque ya habían diseñado su realidad desde el monoculturalismo y el monolingüismo y a esa realidad le habían conferido el rol de evidencia irrefutable y de dogma. Son así de planos, de simples, de primitivos, de cazurros. Y reconocer errores no está dentro del panorama mental del nacionalista español, porque hacerlo sería una afrenta insoportable a su ego y a su orgullo patriota. 

La conclusión es que los nacionalistas españoles tampoco estaban tan en desacuerdo con el régimen franquista, especialmente en el tema lingüístico. Y lo curioso y surrealista del caso es que si de algo ha servido la normalización e intento de consolidación del catalán en Catalunya en las últimas tres décadas es para que el nacionalista español diga aquello de "estáis haciendo lo que hizo Franco con vosotros", es decir, que reconozca la persecución lingüistica que existió en España durante casi 40 años, una declaración de sinceridad y honradez que les honra. Piensa el ladrón que todos son de su condición.

Carod-Rovira

Nadie dice que Carod-Rovira sea un santo, y no seré yo quién lo defienda a capa y espada. Ha cometido errores, tanto de forma como de fondo, y quizás la ingenuidad y las ansias de poder han sido sus talones de Aquiles. Pero no es menos cierto que era justamente la persona concreta que necesitaba el nacionalismo español y la ultraderecha en general para justificar la catalanofobia a través del recurso literario de la metonimia, es decir, de la parte por el todo. Coger a Carod como representante de Catalunya y utilizarlo para atizar, ofender y humillar a Catalunya, a su lengua y cultura, cosa que es absolutamente mezquina y lamentable.

Y esto se vio en su máximo esplendor en el programa de TVE1 emitido en el 2008 “Tengo una pregunta para usted”, una magnífica iniciativa en el sentido de acercar el político al ciudadano y humanizarlo. Una señora de Valladolid (después de su intervención hizo honor a la peyorativa expresión Fachadolid) se dirigió al político con el nombre de José Luis. Es obvio que no lo hizo por error sino con toda la mala leche del mundo, con afán provocador. Al margen de la evidencia universal de que los nombres propios no se traducen (es igual de ridículo decir José Luis Carod-Rovira que Josep Maria Aznar o igual de absurdo e inconcebible dirigirse al ex presidente de los Estados Unidos con el nombre Jorge Arbusto), el político catalán tuvo una gran ocurrencia que se convirtió en argumento incontestable: si han aprendido a decir Schwarzenegger o Chevernadze, no hay motivo alguno para no haber aprendido a decir Josep Lluís, aunque la pronunciación no sea perfecta (tampoco lo es la del ciudadano español que habla francés cuando intenta pronunciar la “r”).

La señora, abrumada y sin contraargumento, se sentó, no sin antes dar un puñetazo en la mesa y diciendo en voz alta que ella nunca aprendería el catalán. ¿Es que alguien se lo había impuesto? ¿No se da cuenta que está quedando como una persona poco o nada curiosa o inquieta porque se está negando a conocer un idioma? ¿Es la mera existencia del catalán una amenaza a su vida cotidiana?
¿Es consciente que el saber no ocupa lugar y que aprender un idioma nuevo no entorpece o distrae el conocimiento de otro?

Muchos se lanzaron a la yugular de Carod (hubiera dicho lo que hubiera dicho lo hubieran hecho) diciendo que no había tenido cintura; a mí me gustaría que alguien de ellos hubieran hecho el esfuerzo de ponerse en su sitio, aquello que cuesta tanto. ¿Se imaginan cómo hubiera reaccionado un político de Castilla La Mancha si un periodista catalán le hubiera traducido el nombre y se hubiera dirigido a él en catalán sin ninguna intención de traducir su pregunta al castellano?

Para complementar la respuesta de Carod, yo diría que de la misma manera que, si en un territorio de habla inglesa un español no pronuncia jellou, jou are iou, im rait, porque antes se informa de cómo se dice (y si no sabe, pregunta, que nadie nace enseñado), un español de fuera de Catalunya no debería tener ningún problema para pronunciar Josep Lluís (cosa difícil o prácticamente imposible porque la educación en España se ha construido sobre la base de una sola lengua y una sola cultura, ignorando las demás).

Aquí y allí


Yo hice la EGB y, como todos los compañeros de mi generación, no sólo hablamos y escribimos perfectamente en castellano (aunque un poco de acento se nota, esto depende de que cada caso) sino que conocemos con cierta profundidad la historia de España, su cultura y su arte en general, en el caso de literatura por poner un ejemplo, desde el siglo de Oro (Quevedo y su enfrentamiento con Góngora) a la generación del 98 (Machado, Unamuno, Baroja, etc..) pasando por la del 27 (Salinas, Guillén, Aleixandre, Juan Ramón Jiménez...), así como autores teatrales como Calderón de la Barca, Lope de Vega y un largo etcétera. Es decir, en Catalunya se ha estudiado y se estudia a España. ¿Y al revés? ¿Qué clase de historia de explica, por ejemplo, en un instituto de Valladolid o de Albacete? ¿Qué se explica de Catalunya? ¿Se tergiversan y se manipulan datos para poner a los alumnos a la defensiva y encaminarlos a una cierta actitud intolerante? ¿O directamente se omiten y se subsumen en la historia general?

Apostaría cualquier cosa a que pocos escolares, tanto los de ahora, como los de misma generación, estudian o estudiaron a poetas y escritores catalanes. ¿Conocen a Ausiàs March o a Francesc de Eiximenis? ¿Les suena de algo el nombre de Bonaventura Carles Aribau? ¿Y qué saben de Salvador Espriu o de Josep Carner? ¿Y de la Renaixença? Me atrevería a decir que nada. Y es extraño, porque según tengo entendido, España es un estado plural y el catalán es una lengua del territorio español, por lo tanto, el Estado está obligado a defenderla y promoverla, así como su cultura. O esto dice la Constitución, que también dice que la gente tiene derecho a tener una vivienda digna. ¿Es el texto constitucional papel mojado? ¿O sólo interesa traerlo a colación según los intereses partidistas y entonces invocarlo como si fuera una Bíblia sagrada, para frenar por ejemplo su propia modificación?

Entonces, estamos otra vez en el sempiterno debate: el todo (España) es sagrado y debe conocerse en todas las partes de la península, mientras que la historia, cultura, lengua, tradiciones... de las partes específicas/singulares (en este caso Catalunya pero seguramente se podría aplicar a Galicia o al País Vasco) se diluye en el todo, por lo tanto se ignora (tampoco se estudia con la profundidad necesaria los autores gallegos y vascos en Catalunya y viceversa). ¿Por qué? Porque no se educa en la diversidad, no se instruye desde la perspectiva de que es un privilegio poder contar con diferentes lenguas, culturas y literaturas en un mismo Estado. Y las lenguas, así como las culturas, deben promoverse, potenciarse. Malo cuando una lengua tiene que defenderse; eso significa que alguien la está atacando y es este ataque lo que hay que combatir porque es moralmente ilegítimo. Si, en cambio, se practica la exclusión sistemática desde pequeños, luego es lógico que la ignorancia haga decir estupideces. Y la ignorancia no sólo es no saber, sino también no querer saber. Los sabios rectifican, los intolerantes no.

Inmigrantes

El fenómeno de la inmigración. Aquí nos zambullimos de pleno, no ya en un terreno fangoso sino en arenas movedizas: cuanto más se patalea, uno más se hunde en ellas. A pesar de ciertas excepciones en las cuáles la religión prima sobre la sensatez, lo más común es estar de acuerdo con la libertad de circulación de personas, teniendo en cuenta además que la mayor parte de la inmigración no es voluntaria o por placer sino forzosa debido a las penurias del país de procedencia. Es también evidente que se necesita un marco de regulación y un consenso a nivel global que no coarte las libertades individuales y, en todo caso, medidas de ayuda reales e importantes en los países necesitados, es decir, solucionar el problema de raíz.

En el caso de Catalunya, se trata de una región llena de inmigrantes, muchos de ellos del resto de España, que vinieron aquí con una lengua y una cultura diferentes, y no lo hicieron precisamente por gusto o por curiosidad viajera. De acuerdo, ellos levantaron el país, se les debe un respeto y agradecimiento y de hecho son catalanes (hablen o no hablen la lengua), pero no es menos cierto que hubieran levantado el país de la misma forma (ni mejor ni peor) los que les tocaba hacerlo de forma natural en caso de no haber existido una guerra pero que no pudieron hacerlo porque habían sido ejecutados, estaban en la prisión o en un largo y duro exilio.

Los inmigrantes que vinieron a Catalunya, mayormente en los 60, lo hicieron por necesidad, y bastante tuvieron con la miseria económica y con la falta de democracia como para ocuparse de decidir en qué lengua se comunicaban y a qué identidad pertenecían. Pero hay algo que frecuentemente pasa inadvertido: Franco los utilizó hábilmente para romper la homogeneidad de Catalunya, como elemento de españolización o “desnacionalización”. Él sabía perfectamente que esta mezcla (de hecho en su momento la población de habla no catalana era superior a la catalana) debilitaba la identidad catalana en su conjunto. Los efectos de esta maniobra aún se arrastran: en Catalunya no puede existir un consenso en temas globales referentes a la identidad, como por ejemplo a la hora de reclamar la independencia. ¿Por qué? Porque mucha de la población que integra Catalunya no se ha integrado (valga la redudancia) realmente y tiene una ideología española o españolista que reduce a la mínima expresión las posibilidades de éxito de cualquier propuesta que vaya más allá. Como la población de Catalunya viene de distintas aguas, no todos reman hacia la misma dirección, que sería lo lógico si la mayor parte de la población de Catalunya estuviera formada por catalanes. Y remar hacia la misma dirección pasa por ser consciente de luchar por la plena normalización de la lengua catalana, partiendo de la premisa de la represión histórica sistemática por parte de los distintos gobiernos de cada época (y la corriente de opinión que han generado a su favor). Esto no pasaría en ningún otro sitio de la península, primero porque cualquier región menos afectada por la inmigración ha conservado una homogeneidad cultural y social que le permitiría llegar a consensos con facilidad y por otro lado porque cualquier otra región que no sea Catalunya, Galicia o el País Vasco (también una parte de Valencia) no tiene unas particularidades históricas y culturales que la diferencian del conjunto (o su sentimiento identitario nacionalista está muy debilitado) y, por tanto, se integra perfectamente en el marco de España, dentro de la cuál se identifica.

¿Se imaginan que, por cualquier otra razón o circunstancia histórica, un buen puñado de catalanes hubiera emigrado en su momento a una comunidad autónoma española donde no hubiera una lengua y una cultura propia y diferenciada de la castellana? ¿Por ejemplo Extremadura o Castilla La Mancha? ¿Se imaginan que hubiera habido mayoría catalana y que los autóctonos, gente de habla castellana, hubieran sido minoría? ¿En qué lengua se hubiera hablado? ¿Los catalanes hubieran cedido (como ya hacen cuando alguien se le dirige en lengua castellana) por el criterio absurdo del mayor número de hablantes del castellano? ¿Hubieran sido bilingües? ¿Se les hubiera considerado intolerantes, culpables de una imposición o dictadura lingüística? ¿Qué hubiera pasado si la población hubiera quedado repartida equitativamente al 50%?

Son sólo hipótesis pero sirven para ver las cosas desde un punto de vista poco frecuente. ¿Alguien se las hace o se las ha hecho?

Sobre el odio


El odio es un sentimiento negativo, que normalmente suele provenir de algún trauma, complejo o miedo y con frecuencia está íntimamente ligado a lo irracional. Suele ser la combinación de ignorancia y miedo, y los fogones los enciende el prejuicio. En todo caso, lo lógico sería que se odiara a alguien o a algo en particular individualizable, porque en caso contrario se cae en una generalización. Entonces, odiar a un país, nación o comunidad (el término es lo de menos) es ridículo y carece de sentido puesto que un grupo humano tan amplio no es homogéneo sino muy diverso y además un país, una nación o una comunidad son entidades abstractas que luego las personas concretan, cada una con su singularidad. Ni una persona sola representa a su país y ningún país se define como un conjunto compacto de individuos idénticos.

Simpatizar, amar o identificarse con un país, nación o comunidad no implica ni mucho menos odiar a otra. En mi caso, yo soy catalán aunque desde un punto de vista legal y jurídico esté  regido por normas y leyes del Estado español, pero no me siento español (los sentimientos son personales e intransferibles, por lo tanto no sujetos a juicios de valor o a debates opinativos, y el argumento de que en el d.n.i pone español me parece propio de una flojera mental). Me siento catalán, cosa que no puede ofender a nadie, y no odio a España, pero tampoco es para nada ofensivo que alguien se sienta español (el simplismo, primitivismo y maniqueísmo del nacionalismo español consiste en creer que quién defiende Catalunya está atacando a España). La clave está en el mutuo respeto, precisamente lo más difícil de conseguir.

Aquí entramos en el quid de la cuestión. Parece algo inevitable o cosustancial al ser humano el hecho de mirar con malos ojos lo que se aparta del prototipo, del modelo establecido o de la normalidad. En estos tiempos, en los que curiosamente la globalización tendría que haber convertido en natural y cívica la convivencia entre ciudadanos de diversos pueblos e ideologías, más que nunca se ve la diferencia con reticencia como una amenaza, no como una riqueza. Ésta es la situación que padece Catalunya dentro de España, la de no aceptación de sus particularidades, de su idiosincrasia, de su diferencia, que en ningún caso equivale a anormalidad o a capricho ni tampoco a privilegio. En este sentido, se puede considerar que está al mismo nivel que otras comunidades o sectores que por otras razones siempre han sido oprimidos: mujeres, personas de color, gitanos, judíos, moros o rumanos. Y sin embargo, las encuestas siempre llegan a la misma conclusión: España es un país que no se considera racista. ¿Si en España, mayoritariamente, ya no se respetan habitualmente las diferencias interiores, las provinentes de su propio territorio (las de la cultura catalana, vasca y gallega), cómo se va a respetar las procedentes de fuera de sus fronteras? Aquí por desgracia aún funciona con bastante frecuencia “el moro mierda”, “el negrata”, “el sudaca”, extrapolación lógica y natural del proceso de odio iniciado con las expresiones “polaco” o “catalufo” que además muestran mala educación y una profunda ignorancia geográfica. En España, pues, lo que se aleja del modelo “varón de raza blanca que se expresa en castellano y reniega de quiénes no comparten su visión única”, es decir lo que se aparte del monoculturalismo (mono como sinónimo de primate) ya es visto con suspicacia.

Volviendo a Catalunya, hay una metáfora sencilla y muy comprensible. Pongamos por ejemplo que hay una persona que, sólo y exclusivamente por sus diferencias, las que sean, siempre ha sido mal vista por el resto de sus vecinos, ¿no es lógico que no tenga ninguna simpatía por la comunidad y que, por lo tanto, no se identifique con ella ni se implique en ninguna causa colectiva? Salvando la distancia de la comparación, eso sucede con Catalunya. Tantos siglos de opresión y tantos episodios históricos consecutivos que ni la aparición de la democracia han detenido sólo pueden conllevar resquemor y  mal ambiente. ¿Si a uno le odian sin ningún motivo, y aún más por ser de un país, cosa que no se escoge, o por identificarse con una cultura, algo que no ofende ni lesiona a nadie, no es lógico que no sienta precisamente afecto por quién le trata con menosprecio?

Teniendo en cuenta que está fuera de todo sentido común odiar a un país por lo explicado anteriormente, y que tampoco es lógico hacerlo tomando como referencia una persona del país (la parte por el todo), la pregunta es ¿de dónde viene el odio? ¿De la envidia por haber sido capaces de mantener de manera pacífica una cultura y una lengua? ¿De creer que esa lengua y cultura podrían suponer una amenaza a la supervivencia de las suyas? ¿De no haberse sometido al yugo de la lengua/cultura dominantes? ¿O del simple y primario rechazo a la diversidad? ¿Será que en realidad en el fondo lo que quieren es algo tan inmoral como la aniquilación de la lengua y la cultura catalanas?

El que es diferente no tiene que justificarse. Algún autor ha apuntado que Catalunya sufre un síndrome parecido al de la mujer maltratada. Siguiendo con el paralelismo, se podría decir que tiene dos opciones: callar y aguantar o rebelarse. Pero España (para ser más precisos, cierta España,en todo caso la más ruidosa mediáticamente, la de la derecha apoyada por la iglesia y el ejército, aunque un españolista de derechas y otro de izquierdas no se diferencian en casi nada) trata a Catalunya bajo la fórmula del “ni contigo ni sin ti”, poniendo zancadillas y quejándose al mismo tiempo cuando se levanta, es decir, negándole su legítimo derecho a la plena normalización de su lengua y cultura pero recordándole su deber de participar económicamente en el conjunto (con una aportación mayor que la mayoría de las otras regiones) cuando surgen las voces que invitan a la autodeterminación o a la independencia. En otras palabras, Catalunya sería sólo bien vista por unanimidad y gozaría de la estima del resto de zonas de la península si se españolizara, es decir, si renunciara a sus peculiaridades, a sus características y se subsumiera en el todo (si adoptara la lengua y cultura castellanas como propias y habituales); sólo así conseguiría una armonía, una sintonía, una conexión dentro del conjunto como parte indistinta. Pero claro, sería a costa de renunciar a su parte. ¿Cuándo uno no está a gusto en un sitio y lo tratan mal, la reacción natural no es irse?

Dado que no hay argumentos racionales para odiar a Catalunya, algunos tienen que recurrir a sus paranoias o cruzadas personales (como el forero FacHans Castorp de Muzikalia) e inventarse motivos tan peregrinos como el hecho de que toda España puso dinero para los olimpiadas de 1992. ¿No puso también toda España dinero para la Expo de Sevilla del mismo año o para los Juegos Mediterráneos de Almería o los ha despilfarrado de mala manera para la candidatura de Madrid que ha fracasado ya dos veces? ¿Eso significa que automáticamente también tenemos que odiar la gente de esos sitios?

Retomando la comparación, cuando la mujer decide poner fin a la situación de abuso, la alternativa más natural es la separación. ¿Cuándo una mujer se separa de su marido, también se trata de separatismo? Los intolerantes y los fascistas, en su constante afán tergiversador, hablan de victimismo para intentar girar la argumentación. Pues yo prefiero ser victimista que verduguista.


Politización de la selección española

Sabemos que el fútbol es una terapia para exteriorizar o compensar sentimientos negativos de otras áreas vitales, que la boca va más deprisa que el cerebro y que apela a lo más primitivo e irracional del ser humano. Es el opio del pueblo, como fue la religión en un pasado no tan remoto, pero hagamos el esfuerzo de empatizar con el otro y de analizar el asunto de una manera más profunda y fría. Que si la furia roja, que si ser español es una responsabilidad, que si banderas con toros y águilas, las primeras personas del plural en los informativos de Antena 3, los periodistas de Cuatro enfundados en su zamarra roja, el fanático Tomás Roncero con la banderita pintada en los mofletes... Vaya por delante que los sentimientos son personales y respetables (dentro del límite de la ofensa al otro) y que simpatizar con la selección española no equivale automáticamente a ser fascista. Pero vale decir que bajo esta defensa de la selección se esconden ciertas actitudes poco o nada coherentes. Porque lo que precisamente enaltecen desde su bando, son lo que después censuran y desprecian con la misma intensidad. Hablo de cuando critican el carácter catalanista del Barça, un rasgo tan azaroso como comprensible dentro de un contexto histórico muy concreto (fue el símbolo escogido espontáneamente para aglutinar el sentimiento catalán en una época de represión), y luego no tienen ningún pudor en gritar con todo el alma ¡Viva España! sin darse cuenta del deje nacionalista que esta expresión arrastra (me gustaría saber a qué tipo de España vitorean y si esta expresión es compatible con el respeto de las distintas sensibilidades peninsulares). Porque sí, el nacionalismo español existe, y en grandes dosis, es ése que quiere una sola cultura, una lengua, unas tradiciones y una forma de pensar monolítica y se basa en el rechazo a las diferencias, particularidades o diversas sensibilidades que hay dentro del territorio por considerarlas una amenaza en lugar de una riqueza.

Alentados por ciertos medios de comunicación de dudosa objetividad, la Eurocopa del 2008 y el Mundial del 2010 han servido para poner de manifiesto que sólo existe un único patriotismo en mayúsculas, que además parece ser el único válido y obligatorio. Así como vociferan respeto por los culés de fuera de Catalunya, también deberían tener respeto por los que no nos identificamos con la selección española. Parece que es de locos o de mala persona o incluso de criminal el hecho de que alguien que sea español (ser no es sentir) no anime la selección española, y en cambio apoye los “regionalismos cutres” como decía un descerebrado lector de Marca en su polémico foro. En la Eurocopa alguien preguntó a Puigcercós y a otro diputado vasco (pregunta fuera de lugar, mal intencionada y buscando polémica) sus preferencias en la competición y su respuesta fue diferente de la línea oficial. José Antonio Abellán, que se hace llamar periodista de la Cope (¿qué país serio tiene una iglesia detrás de un medio de comunicación?) los catalogó literalmente de “imbéciles y gilipollas”, y aún tuvo el cinismo de decir que no se trataba de una descalificación sino de una calificación y que no les tiraría algo contundente por no hacerles daño pero sí les arrojaría un huevo. Y ningún medio nacional reprendió estos insultos, pasándolos por alto (ocultan lo que no les interesa al igual que ocultaron totalmente los incidentes que hubo en Barcelona después de la celebración del Mundial y que incluyeron detenidos, heridos, destrozo e mobiliario urbano, insultos a Catalunya y quema de banderas catalanas en Hostafrancs pero claro, sólo interesa mostrar la quema de banderas cuando la hacen una minoría exaltada en Girona con motivo de la presencia del Rey) o con una indiferencia que bien pudiera equivaler a normalidad. Quién cuestiona la sacrosanta unidad de España o cualquiera de sus símbolos o manifestaciones, es automáticamente condenado y reprobado y se da carta blanca y manga ancha a quién quiera insultar a esa persona.

En resumen, el patriota catalán es mal visto y tildado de separatista, radical, polaco o nazionalista mientras que el español es sensato, integrador e impositivo; el nacionalismo que algunos reprochan al Barça o a la selección catalana es el mismo (o peor) que ellos exhiben con todo su esplendor cuando animan a su selección, y encima no admiten discrepancia. Que no vuelvan a quejarse de que se mezcla política con deporte cuando ellos son los primeros en hacerlo, que no cometan el error de priorizar nacionalismos y menospreciar el ajeno y considerar razonable e inevitable el suyo, que no insulten las selecciones autonómicas (el hecho de no ser oficiales no les convierte en menos legítimas), que dejen de criticar la paja en el ojo ajeno y reconozcan la viga en el suyo y, sobretodo, que recapaciten. Por sentido común, por educación, por coherencia, por empatía y para la pluralidad. Si es que todavía hay alguien suficientemente ingenuo como para creer que estos rasgos se puedan asociar a esta clase de gente.

Sobre la prohibición taurina en Catalunya


Uno de los asuntos que ha levantado más polvareda y ampollas recientemente ha sido la prohibición de las corridas de toros en Catalunya, una cuestión que ha vuelto a engrasar la maquinaria nacionalista española, conducida a velocidad de vértigo la hipocresía y la irracionalidad. He aquí algunas consideraciones para desarmar el frágil discurso de los protaurinos y demás nacionalistas españoles que se han tirado al tren de la catalanofobia. En primer lugar, una aclaración crucial: la iniciativa de prohibición no surge ni de Catalunya, ni del Gobierno catalán ni de su Parlamento ni tan siquiera de un partido o asociación catalanista o independentista sino de una plataforma en defensa de los derechos de los animales vehiculada a través de la iniciativa legislativa popular (ILP). Posteriormente, fueron los políticos catalanes los que, según las reglas de este mecanismo de participación del pueblo, tuvieron que admitirla a trámite y, finalmente, votarla (en el caso del PSC se dio, además, libertad de voto dentro del propio partido). De la votación democrática resultante, fruto de la lógica representatividad política de cada fuerza, se aprobó la prohibición de las corridas de toros en Catalunya a partir de enero de 2012. Repito, no fue el president Montilla ni ningún otro miembro de su ejecutivo o de alguna otra fuerza política catalana el que se levantó un día por la mañana inspirado por un conato antiespañolista y decidió suprimir la corrida por ser un símbolo nacional español. Fue una plataforma a favor de los derechos de los animales, cuyo objetivo era condenar el sufrimiento animal y acabar con una lucha sangrienta, desigual y cobarde (lo realmente valiente sería ponerse delante de un toro sin más armas que las propias manos).

Aclarado este primer punto y, por tanto, totalmente desmantelado el argumento según el cual esta prohibición es consecuencia directa de la obsesión antiespañola del gobierno catalán, abordamos un segundo punto relacionado con éste. Dado que la plataforma responsable de la recogida de firmas no estaba ni está propulsada por ningún motor ideológico (y mucho menos por una postura independentista), al final lo que se pone de manifiesto es que los únicos que han convertido el debate en un tema identitario han sido los partidos contrarios a su prohibición, es decir, el PP y Ciutadans, así como los protaurinos.

Vayamos a la raíz y retrocedamos hasta el principio para ver hasta qué punto el PP utiliza la doble moral en el tema de la supuesta politización. En primer lugar, el hecho de que se establecieran las corridas de toros como fiesta nacional no fue una decisión fruto de ningún consenso, referéndum o debate, por lo tanto, fue una imposición pura y dura. Y el primero en politizarlas fue Franco, que las convirtió en símbolo nacional de un régimen antidemocrático, oscuro y autárquico, y al mismo tiempo como propaganda turística que con los años dejó la categoría de tradición para adquirir el rango de tópico y consolidarse como realidad para el exterior (las crónicas internacionales sobre la prohibición no han hecho más que corroborar que muchos países se habían quedado encasillados/enquistados en el estereotipo sol/paella/toros/fiesta que tanto se había esforzado en promover el franquismo, de ahí su sorpresa e incomprensión ante la prohibición). Algunos dirán en vano que Catalunya ha gozado también de una larga tradición taurina pero la verdad es que desde 2004 se declaró ciudad antitaurina y que hace ya algunos años que sólo se mantenía activa una plaza, la Monumental. Y que algo sea una tradición no significa que sea bueno por naturaleza ni que se tenga que seguir manteniendo: hay lugares en el mundo en los que la ablación o el burka son tradición.

Respecto a las absurdas críticas de politización, también es muy oportuno recalcar que en Canarias se prohibieron las corridas en 1991 y que entonces nadie dijo que los canarios fueran separatistas ni nada por el estilo (aunque también es verdad que el Parlamento canario blindó las luchas entre gallos). Lo más surrealista del caso es que la aprobación contó con el respaldo del PP, que ahora, en un ejercicio de amnesia, ha interpretado el papel contrario en el caso de la iniciativa presentada en el Parlament catalán. La vieja y enfermiza táctica de la catalanofobia con réditos electorales.

¿El Parlamento catalán debería prohibir los correbous? Yo también me sumaría a ello porque el animal también sufre (aunque mucho menos) pero es que éste no era el tema sometido a votación. La plataforma pedía la supresión de las corridas de toros, no de los correbous, por lo tanto cualquier mención a los correbous está fuera de lugar (y parece el típico recurso infantil para desviar la atención: ‘mira señorita, el otro hace aquello’).

También se ha inmiscuido en el debate una falsa apología de la libertad y una condena enérgica de las prohibiciones, lo del prohibido prohibir que dijo Rajoy. De nuevo, la demagogia, el oportunismo y la confusión intencionada. La libertad no significa carta blanca para hacer lo que a uno le apetezca sino que tiene límites y debe ser usada en un contexto de racionalidad y sensatez. Si, como exclaman algunos, no se debería prohibir nada, ¿entonces por qué no volvemos a instaurar la quema de brujas o los espectáculos de leones y cristianos? ¿Por qué no permitimos la lapidación o el asesinato o permitimos circular a 220km por hora? Porque hay leyes y bienes jurídicos que proteger, en el caso del toro la vida del animal y porque a medida que la sociedad avanza la normativa también lo hace, en aras siempre del respeto, la racionalidad y el interés común, valores fruto del sistema democrático que ha costado tanto de conseguir (pese a sus imperfecciones y a que mal convive con un sistema económico nada democrática como el capitalismo, pero esto es harina de otro costal). Permitirlo todo (teniendo en cuenta que la libertad de alguien acaba donde empieza la de otro) nos llevaría, no a la libertad, sino a la anarquía, es decir,  al puro caos.

El único punto por el que cojea la prohibición y la que realmente debería suscitar un debate profundo es sobre la representatividad de la ILP. Es verdad que las 180.000 firmas para pedir la prohibición de la fiesta taurina no representan la totalidad de la ciudadanía catalana pero no es menos cierto que hasta ahora nadie se había quejado de este mecanismo de participación popular. Si tan mal les parecía a algunos, ¿por qué no buscaban antes los recursos para cuestionar su legitimidad? Hacerlo después de la prohibición es un lamento oportunista y demagogo. Seguramente sería más justo que el número mínimo de firmas para que tire adelante fuera más elevado pero con unos límites razonables puesto que, por ejemplo, exigir un mínimo de un millón
supondría coartar la participación popular en la toma de decisiones, cosa que causaria un perjuicio fatal a modo de efecto dominó: fortalecería todavía más la potestad y el margen de actuación de los políticos, haría aumentar la distancia (y la desconfianza) entre poder y ciudadanos y la democracía se debilitaría.

Para terminar, dos preguntas incómodas al aire: ¿por qué el PP, que tanto se ha obsesionado en recomendar que se acate la sentencia del Estatut, ha tardado sólo en día en anunciar que intentará torpedear la prohibición mediante una propuesta de protección de la fiesta taurina en el Congreso?

¿Y por qué el PP, partidario a ultranza del derecho a la vida en el caso del aborto y la eutanasia, no aprecia ese mismo derecho en un toro, que al fin y al cabo es un ser vivo igual que el hombre? ¿Es que está convencido de la falsa jerarquía de especies?

Como broche final a mi argumentación, un matiz sutil pero profundamente revelador y sintomático: mientras que la fiesta nacional española son las corridas de toros, la fiesta nacional de Catalunya es Sant Jordi, es decir, las rosas y los libros. O sea, un espectáculo basado en la sangre, el morbo, la violencia y la irracionalidad ante un evento cívico, pacífico, elegante, romántico e intelectual. Diferentes maneras de concebir la cultura y lo lúdico.


PD: Dos breves apuntes finales a modo de cita:
"Siempre me han aburrido y repugnado las corridas de toros" (Miguel de Unamuno)

"La fiesta nacional es la exaltación máxima de la agresividad humana" (Félix Rodríguez de la Fuente)


Matices

Antes que entrar a debatir sobre sucesos y experiencias concretas, es muy importante hacer énfasis en tres aspectos que habrá que retener en la memoria. El primero es que no se trata de dos polos dialécticos igualmente legítimos y respetables, no consiste en la lucha de dos opiniones contrarias en la que cada una tiene su cuota de razón. (es decir, religión vs ateísmo, partidarios de la eutanasia o el aborto vs detractores, derecha vs izquierda...). Se trata de un tema moral y, por lo tanto, la sensatez, la sensibilidad y la cordura son los factores esenciales y sólo pueden inclinarse de un lado. Para ir al grano, no se trata de una disputa limpia y en igualdad de condiciones entre el nacionalismo catalán y el nacionalismo español. En primer lugar porque los propios términos nos inducen a una confusión que ya se ha transformado en verdad universal e indiscutible en los medios y, por ende, en una parte no desdeñable de la opinión pública: desde el rigor más absoluto y desde el punto de vista eminentemente lingüístico, no hay nacionalismo catalán, no existe, sino que lo que hay es catalanismo. Y el catalanismo lo único que pretende es normalizar su lengua, cultura, tradiciones…dentro de su marco territorial, sin imponerlo a nadie de fuera. No parte de ninguna superioridad cultural o social respecto a nadie ni a nada. En cambio, el nacionalismo español sí parte desde una ficticia superioridad legal y moral respecto las demás sensibilidades nacionales de la península y sí quiere imponer su lengua, bandera, patria a todo el territorio estatal. De ahí nace el conflicto precisamente pero un bando, el catalanista, encarna la resistencia y la otra, la nacionalista española, ejecuta su mentalidad colonial y expansionista y su rabia se origina de la incapacidad de convencer/someter a todo el territorio bajo su única lengua, bandera, himno, tradiciones, etc…

En segundo lugar, hay que lamentar la ausencia absoluta de autocrítica, lucidez, rigor y sangre fría del nacionalismo español, incapaz de darse cuenta o de admitir que sus gestos, pensamientos, comportamientos y opiniones son la causa del aumento imparable del independentismo y no al revés. Es su ignorancia y su intolerancia (vasos comunicantes) a lo largo de los siglos, su falta de perspectiva y su voluntad imperialista (incrementada después del complejo y del trauma que supuso la pérdida de los últimas colonias en 1898) la que le impide razonar con claridad y ver que se queja de lo qué él mismo provoca.

Además, cabe tener muy presente las diferencias abismales que existen entre los términos catalanismo, independentismo, federalismo y nacionalismo, que algunos (básicamente cuatro o cinco periódicos rancios y radicales de la capital que conforman lo que Laporta definió acertadamente como “caverna mediática” junto a algunos partidos políticos) agitan alocadamente hasta conseguir un cóctel mortífero y tóxico.

Por último, no podemos olvidar algo crucial: que la guerra civil española empezó en 1936 por culpa de un bando "nacional" golpista (por tanto, antidemocrático), no en 1934 como pretenden algunos pseudohistoriadores y reescritores de la historia. Ni el catalanismo fue un invento del "químico" Pompeu Fabra: la nación catalana tiene mil años de historia y el catalán una lengua que fue una de las evoluciones del latín vulgar cuya antigüedad se remonta a finales del siglo XII y principios del XIII, dos siglos después de las Glosas Emilianenses, escritas en navarro-aragonés y no en castellano.

Introducción

Todos los proyectos requieren su explicación, su motivo fundacional, que no tiene nada que ver con la necesidad de justificarse. Y este blog no es precisamente una excepción. Nace con el objetivo principal de desenmascarar la hipocresía, la doble moral y la profunda intolerancia del nacionalismo español, una ideología especialmente contaminadora, tergiversadora y dogmática que se asienta en dos pilares: el odio y el negacionismo. Odio hacia todo lo que se separa de su patrón de normalidad/realidad, es decir, varón blanco heterosexual (una homofobia que disfraza con la expresión "partidario de la familia tradicional), católico  ypatriota español (haremos hincapié en este último apartado de la definición). Y negacionismo porque en su cruzada de odio es incapaz de admitir y reconocer la existencia de otras lenguas, banderas, patrias e himnos que no sean el suyo, el español, que conciben como único, obligatorio y al que atorgan una falsa superioridad moral. La deslegitimación de las demás naciones, lenguas y banderas que coexisten en el Estado llega hasta el surrealismo de considerarlas provincianas, folklóricas y amenazadoras (como si surgieran de la noche a la mañana como puro capricho para ir a contracorriente) y, por lo tanto, merecedoras de descalificación e insulto.

A través de argumentos, cifras, comparaciones, datos y opiniones diversas vamos a poner en evidencia el extremo grado de cinismo y putrefacción de sus tesis, sustentada en la cobardía y la comodidad de los prejuicios y en las mentiras convertidas en verdades a base de repetición. Lo haremos cogiendo como referencia el discurso de Juan Carlos Moreno Cabrera, un catedrático de lingüística madrileño (por lo tanto, libre de sospecha y más aún teniendo en cuenta que también empezó su investigación con prejuicios y que, por tanto, ha recorrido todo el camino) que ha invertido un tiempo y unas energías en el asunto. Mi percepción sobre la relación Catalunya-España coincide plenamente con las opiniones del catedrático (soy suficientemente humilde como para reconocer abiertamente que nadie mejor que él para plasmar al milímetro lo que yo pienso sobre este asunto) pero no por ello renunciaré en el blog a difundir y desarrollar mis propios pensamientos. No lo haré con vocación pedagógica (justificarse a estas alturas es ya ridículo) ni tampoco con la voluntad de impartir clases de historia. Por otro lado, se hará en castellano por dos razones: porque nadie pueda quejarse de que no lo entiende en catalán y, sobre todo, por lo novedoso, inédito y revolucionario que será leer argumentos catalanistas en castellano, por el punto de provocación que reside en esta idea y en menor medida por demostrar el grado de conocimiento del idioma por parte de un catalán que emplea el catalán como lengua materna prácticamente en la totalidad de sus comunicaciones y relaciones.

Por último, no nos podemos olvidar de algo básico: la participación, que en este caso será inexistente porque no se van a permitir comentarios ajenos. Y no por cobardía por querer evitar el debate ni por falta de respeto a la democracia sino por la propia filosofía del blog y también por la conciencia de la peligrosidad de esta herramienta. Lo hago para evitar los insultos, descalificaciones y demás ofensas de cualquier persona o, en todo caso, por el riesgo a recibirlos. Quién quiera debatir sobre este asunto, que se vaya a un foro y seguro que encontrará muchos espacios virtuales donde desfogarse y gozar de sus cinco segundos de protagonismo en estos tiempos excesivamente tecnificados en los que Internet ha conseguido, no sólo democratizar la ignorancia sino también que todo el mundo pueda plasmar públicamente su opinión sobre cualquier tema aunque no tenga las mínimas dosis de inteligencia, cultura, rigor, educación, pluralismo y empatía (éstos serán precisamente los ejes de este blog, cuya máxima es: “Todo el mundo tiene opinión pero muy poca gente tiene criterio”). Pero aquí no. Éste es un blog que desafía y combate el establishment, el status quo, los tópicos, mitos, leyendas, rumores y demás falsedades vertidas diariamente contra Catalunya y los catalanes, hecho con espíritu crítico y sentido del humor y desprovisto de intencionalidad sociológica o historicista, con tanta elegancia (sin insultos) como contundencia. Éste es mi pequeño y humilde espacio propio, mi visión subjetiva del tema, mi verdad, y no tengo la más mínima intención que un blog abierto por placer propio se convierta en un enfrentamiento dialéctico, teniendo en cuenta las bajas pasiones que despierta la cuestión. No les voy a dar el gusto y, si alguien se pica, que se rasque. Preparados para catar la uña.