Una de las especies que me enojan e irritan más son “los internacionalistas”, popularmente conocidos como “ciudadanos del mundo”, definición trufada de candidez y ingenuidad más propia de Bambi o de los mundos de Yuppie. Ataviados de ese falso sentimiento metanacional que los hace estar por encima del bien y del mal, dando lecciones de tolerancia y de universalidad por doquier, despreciando quién se identifica legítimamente con su cultura, lengua y tierra. El internacionalista encarna en realidad al cobarde, al que no se moja, al que renuncia públicamente a exhibir su identidad por miedo o vete a saber por qué otro motivo. Normalmente, el internacionalista, que acostumbra a menospreciar todo patriotismo pero especialmente el patriotismo periférico o más minoritario por considerarlo una pérdida de tiempo, no se da cuenta de su hipocresía. Censura y se mofa de los intentos de normalización cultural argumentando que hay problemas más globales y transcendentales que afrontar (normalmente suele citar, con afán demagógico y populista, el hambre en el tercer mundo, la desertización o la subida de las hipotecas) y tiene parte de razón en su queja porque de hecho son problemas no desdeñables. Pero él puede ocupar su tiempo y energías en denunciarlos porque las otras cuestiones básicas ya las tiene solucionadas, porque su lengua y su cultura ya tienen garantizada la supervivencia y la estabilidad.