Cinismo e hipocresía son rasgos cosustanciales al nacionalismo español: mientras insisten y claman indignados para que se reconozca que hay más de una Catalunya (reivindican la gente de habla castellana, en realidad lo que querrían es que esa gente fuera mayoría y españolizar Catalunya) niegan rotundamente y no quieren concebir que haya más de una España/llaman facha a alguien que agita una bandera independentista y/o catalana pero ellos pueden exhibir con orgullo su bandera española, etc...Además, ignoran que en Espanya, no sólo en Catalunya, también hay gente que no se siente espanñola y esa realidad también existe.Fuera máscaras, falsas diplomacias y pusilánimes conciliadores: la diferencia es que el españolismo es expansionista y quiere destruir todo lo que no es español, mientras que el catalanismo intenta reivindicar su cultura y lengua para que no se pierdan. El catalán no quiere imponerse en el resto del Estado, sólo se quiere garantizar que sea el idioma habitual y mayoritario dentro del territorio donde es lengua propia (en el único territorio del Estado donde es oficial, sin contar Valencia y las Islas Baleares, donde recibe un nombre distinto a pesar de ser la misma lengua). En cambio, el castellano sí se impone en todo el Estado (la propia Constitución subraya el deber de conocerlo y hablarlo) y en cambio no se ve como una imposición.
Como algunos consideran la cultura y la lengua catalanas como menores (confundiendo menor con minoritaria y además habría que analizar el concepto de menor, porque en relación a según que lenguas no es menor), sobre todo en comparación con una lengua hablada por 400 millones de personas, se asocia con algo secundario, anecdótico y sin importancia. Por lo tanto, cualquier reivindicación en este sentido será igualmente irrelevante y caprichoso. Por lo tanto, pedir cosas (productos etiquetados en catalán, películas dobladas al catalán, etc...) que una cultura y una lengua normalizadas como la castellana ya tiene, convierte a los reclamantes en radicales, nacionales o separatistas.
En resumen, cualquier paso hacia la normalización del catalán es visto como un abuso porque para ellos el catalán debería ser una lengua de segunda, de uso doméstico (es lo que querrían). Aunque sea de modo inconsciente y muchos nunca lo reconocerán públicamente, para algunos la mera supervivencia/existencia del catalán es una especie de mancha en su historial colonialista (la herencia del trauma de 1898), una afrenta por parte de una cultura/territorio que no se ha doblegado al nacionalismo español y cuyo único objetivo es algo tan normal y legítimo como preservar su lengua y cultura.
Ser y sentir. Dos conceptos diferentes, que algunos se entestan en unir, eliminando la dicotomía, especialmente en cuestiones identitarias.
Una cosa es ser español y otra muy distinta es sentirse español. Ser español, o mejor dicho, ser ciudadano español es estar sujeto a las leyes y obligaciones jurídicas y económicas derivadas de la pertenencia a un territorio, en este caso al Estado español.
Pero “ser” es un término muy amplio, por lo que su uso suele devenir erróneamente en una definición restrictiva del individuo cuando debería ser una característica más: del mismo modo que una persona no “es” solamente abogado, médico o profesor, sino alguien de carne y huesos, con emociones, pensamientos, opiniones, acciones, valores, hobbys, preferencias y círculos sociales, sería simplista reducir a alguien como “español” o “alemán” o “inglés”.
Pero es que además, ser no es sentir. Se puede ser español y no sentirse español. Y no sentirse español no es ningún delito ni ningún pecado ni mucho menos un defecto; porque el sentimiento es algo subjetivo y personal que forma parte del ámbito privado (de la elección, aunque en muchos casos es algo más instintivo y menos racional). No sentirse español no significa ni mucho menos ser peor ciudadano español ni un ciudadano español de segunda.
En mi caso, se trata de una consecuencia de un agravio histórico hacia Catalunya. Me parece contradictorio (y hasta cierto punto masoquista o cínico o producto de una grave ignorancia de hechos históricos) sentirme identificado con un todo (España) que sistemáticamente ha intentado obstaculizar, perseguir y eliminar la riqueza de mi parte (Catalunya) con la que sí me siento identificado.
El argumento de que soy español porque así figura en mi DNI y en mi pasaporte carece de rigor científico. Es como si quienes lo afirman, valiéndose de la importancia del documento (un DNI tampoco define ni abarca las múltiples facetes de una persona), le confirieran un carácter de obligatoriedad, es decir, como si indirectamente la palabra español en mi DNI me obligara a sentirme español. Como bien dice mi hermano, si yo le escribo la palabra “subnormal” en la frente de alguien, ¿querrá eso decir que esta persona es efectivamente “subnormal”? ¿Verdad que no?
Manipulación, tergiversación, intoxicación... podemos manipular, nunca mejor dicho las palabras, pero no por ello conseguiremos deformar la realidad, aunque sí exaltar y engañar a ciertos energúmenos adeptos a la cizaña. Es totalmente falso que en Catalunya se multe “por rotular en castellano”; en realidad se multa “por no rotular, al menos, en catalán”. Es decir, se puede rotular en castellano, inglés, alemán, griego o mandarín siempre y cuando figure también la traducción correspondiente en catalán. Muchos de los que sostienen esta memez, además, lo hacen desde la distancia, es decir, desde la ignorancia. Dudo mucho que se hayan paseado por las calles de cualquier localidad catalana para comprobar el idioma de los comercios. Porque verían muchos letreros en español, muchos de ellos sin sanción alguna.
También es completamente falso que no se puede educar en castellano en Catalunya. Lo que no se puede es educar “íntegramente en castellano”, cosa lógica teniendo en cuenta que el catalán también es oficial en Catalunya y que además es la lengua propia de Catalunya (si existe una lengua propia, por descarte significa que la otra es ajena y la propia debe ganar un terreno que le corresponde para combatir una desigualdad histórica e injusta basada en la imposición del castellano). De la misma forma que uno no puede educar “íntegramente en catalán”, sin aprender nada de castellano ni de inglés, sería renunciar a la oportunidad del enriquecimiento cultural y personal. En un territorio con dos o más lenguas oficiales, lo que es excluyente e insensato es pedir que se eduque en una sola y lo cínico es disfrazarlo de libertad de elección. Si estuviéramos en Suiza, donde existen tres idiomas oficiales, ¿veríamos como una imposición que a los alumnos se les obligara a escolarizarse en los tres idiomas? Entonces, ¿no sería quizás el auténtico excluyente aquél que pretendiera que su hijo sólo se escolarizara en uno de los tres idiomas?Pero lo más grave es que, al igual que en el caso de los rótulos, quiénes sostienen que en Catalunya no se puede estudiar en castellano, no han pisado en su vida ni un centro escolar catalán y lo grave es que se lo creen y lo defienden a capa y espada, como si fuera una teoría empírica. Eso es como si un diario catalán se empecinara en insistir que en Murcia, Plasencia o Santander se prohíbe hacer cualquier cosa y los ciudadanos catalanes se lo creyeran hasta el punto de aceptarlo como realidad total y radicalizar su postura si alguien osa contradecirlo.
El problema principal estriba en que el nacionalista español estaba tan malacostumbrado a que el castellano fuera la lengua hegemónica de Catalunya, que con la recuperación de la democracia y las libertades, ahora la normalización del catalán le parece algo abusivo e impropio porque desafía su paisaje monocultural y monolingüstico que se había hecho en su cabeza y del que es incapaz de salir. Lo suyo no es tozudez sino pura estrechez mental: en su vida sólo les han inculcado una manera de ver las cosas hasta el punto que no aceptan otra manera de verlas porque ya habían diseñado su realidad desde el monoculturalismo y el monolingüismo y a esa realidad le habían conferido el rol de evidencia irrefutable y de dogma. Son así de planos, de simples, de primitivos, de cazurros. Y reconocer errores no está dentro del panorama mental del nacionalista español, porque hacerlo sería una afrenta insoportable a su ego y a su orgullo patriota.
La conclusión es que los nacionalistas españoles tampoco estaban tan en desacuerdo con el régimen franquista, especialmente en el tema lingüístico. Y lo curioso y surrealista del caso es que si de algo ha servido la normalización e intento de consolidación del catalán en Catalunya en las últimas tres décadas es para que el nacionalista español diga aquello de "estáis haciendo lo que hizo Franco con vosotros", es decir, que reconozca la persecución lingüistica que existió en España durante casi 40 años, una declaración de sinceridad y honradez que les honra. Piensa el ladrón que todos son de su condición.
Nadie dice que Carod-Rovira sea un santo, y no seré yo quién lo defienda a capa y espada. Ha cometido errores, tanto de forma como de fondo, y quizás la ingenuidad y las ansias de poder han sido sus talones de Aquiles. Pero no es menos cierto que era justamente la persona concreta que necesitaba el nacionalismo español y la ultraderecha en general para justificar la catalanofobia a través del recurso literario de la metonimia, es decir, de la parte por el todo. Coger a Carod como representante de Catalunya y utilizarlo para atizar, ofender y humillar a Catalunya, a su lengua y cultura, cosa que es absolutamente mezquina y lamentable.
Y esto se vio en su máximo esplendor en el programa de TVE1 emitido en el 2008 “Tengo una pregunta para usted”, una magnífica iniciativa en el sentido de acercar el político al ciudadano y humanizarlo. Una señora de Valladolid (después de su intervención hizo honor a la peyorativa expresión Fachadolid) se dirigió al político con el nombre de José Luis. Es obvio que no lo hizo por error sino con toda la mala leche del mundo, con afán provocador. Al margen de la evidencia universal de que los nombres propios no se traducen (es igual de ridículo decir José Luis Carod-Rovira que Josep Maria Aznar o igual de absurdo e inconcebible dirigirse al ex presidente de los Estados Unidos con el nombre Jorge Arbusto), el político catalán tuvo una gran ocurrencia que se convirtió en argumento incontestable: si han aprendido a decir Schwarzenegger o Chevernadze, no hay motivo alguno para no haber aprendido a decir Josep Lluís, aunque la pronunciación no sea perfecta (tampoco lo es la del ciudadano español que habla francés cuando intenta pronunciar la “r”).
La señora, abrumada y sin contraargumento, se sentó, no sin antes dar un puñetazo en la mesa y diciendo en voz alta que ella nunca aprendería el catalán. ¿Es que alguien se lo había impuesto? ¿No se da cuenta que está quedando como una persona poco o nada curiosa o inquieta porque se está negando a conocer un idioma? ¿Es la mera existencia del catalán una amenaza a su vida cotidiana?
¿Es consciente que el saber no ocupa lugar y que aprender un idioma nuevo no entorpece o distrae el conocimiento de otro?
Muchos se lanzaron a la yugular de Carod (hubiera dicho lo que hubiera dicho lo hubieran hecho) diciendo que no había tenido cintura; a mí me gustaría que alguien de ellos hubieran hecho el esfuerzo de ponerse en su sitio, aquello que cuesta tanto. ¿Se imaginan cómo hubiera reaccionado un político de Castilla La Mancha si un periodista catalán le hubiera traducido el nombre y se hubiera dirigido a él en catalán sin ninguna intención de traducir su pregunta al castellano?
Para complementar la respuesta de Carod, yo diría que de la misma manera que, si en un territorio de habla inglesa un español no pronuncia jellou, jou are iou, im rait, porque antes se informa de cómo se dice (y si no sabe, pregunta, que nadie nace enseñado), un español de fuera de Catalunya no debería tener ningún problema para pronunciar Josep Lluís (cosa difícil o prácticamente imposible porque la educación en España se ha construido sobre la base de una sola lengua y una sola cultura, ignorando las demás).
Yo hice la EGB y, como todos los compañeros de mi generación, no sólo hablamos y escribimos perfectamente en castellano (aunque un poco de acento se nota, esto depende de que cada caso) sino que conocemos con cierta profundidad la historia de España, su cultura y su arte en general, en el caso de literatura por poner un ejemplo, desde el siglo de Oro (Quevedo y su enfrentamiento con Góngora) a la generación del 98 (Machado, Unamuno, Baroja, etc..) pasando por la del 27 (Salinas, Guillén, Aleixandre, Juan Ramón Jiménez...), así como autores teatrales como Calderón de la Barca, Lope de Vega y un largo etcétera. Es decir, en Catalunya se ha estudiado y se estudia a España. ¿Y al revés? ¿Qué clase de historia de explica, por ejemplo, en un instituto de Valladolid o de Albacete? ¿Qué se explica de Catalunya? ¿Se tergiversan y se manipulan datos para poner a los alumnos a la defensiva y encaminarlos a una cierta actitud intolerante? ¿O directamente se omiten y se subsumen en la historia general?
Apostaría cualquier cosa a que pocos escolares, tanto los de ahora, como los de misma generación, estudian o estudiaron a poetas y escritores catalanes. ¿Conocen a Ausiàs March o a Francesc de Eiximenis? ¿Les suena de algo el nombre de Bonaventura Carles Aribau? ¿Y qué saben de Salvador Espriu o de Josep Carner? ¿Y de la Renaixença? Me atrevería a decir que nada. Y es extraño, porque según tengo entendido, España es un estado plural y el catalán es una lengua del territorio español, por lo tanto, el Estado está obligado a defenderla y promoverla, así como su cultura. O esto dice la Constitución, que también dice que la gente tiene derecho a tener una vivienda digna. ¿Es el texto constitucional papel mojado? ¿O sólo interesa traerlo a colación según los intereses partidistas y entonces invocarlo como si fuera una Bíblia sagrada, para frenar por ejemplo su propia modificación?
Entonces, estamos otra vez en el sempiterno debate: el todo (España) es sagrado y debe conocerse en todas las partes de la península, mientras que la historia, cultura, lengua, tradiciones... de las partes específicas/singulares (en este caso Catalunya pero seguramente se podría aplicar a Galicia o al País Vasco) se diluye en el todo, por lo tanto se ignora (tampoco se estudia con la profundidad necesaria los autores gallegos y vascos en Catalunya y viceversa). ¿Por qué? Porque no se educa en la diversidad, no se instruye desde la perspectiva de que es un privilegio poder contar con diferentes lenguas, culturas y literaturas en un mismo Estado. Y las lenguas, así como las culturas, deben promoverse, potenciarse. Malo cuando una lengua tiene que defenderse; eso significa que alguien la está atacando y es este ataque lo que hay que combatir porque es moralmente ilegítimo. Si, en cambio, se practica la exclusión sistemática desde pequeños, luego es lógico que la ignorancia haga decir estupideces. Y la ignorancia no sólo es no saber, sino también no querer saber. Los sabios rectifican, los intolerantes no.
El fenómeno de la inmigración. Aquí nos zambullimos de pleno, no ya en un terreno fangoso sino en arenas movedizas: cuanto más se patalea, uno más se hunde en ellas. A pesar de ciertas excepciones en las cuáles la religión prima sobre la sensatez, lo más común es estar de acuerdo con la libertad de circulación de personas, teniendo en cuenta además que la mayor parte de la inmigración no es voluntaria o por placer sino forzosa debido a las penurias del país de procedencia. Es también evidente que se necesita un marco de regulación y un consenso a nivel global que no coarte las libertades individuales y, en todo caso, medidas de ayuda reales e importantes en los países necesitados, es decir, solucionar el problema de raíz.
En el caso de Catalunya, se trata de una región llena de inmigrantes, muchos de ellos del resto de España, que vinieron aquí con una lengua y una cultura diferentes, y no lo hicieron precisamente por gusto o por curiosidad viajera. De acuerdo, ellos levantaron el país, se les debe un respeto y agradecimiento y de hecho son catalanes (hablen o no hablen la lengua), pero no es menos cierto que hubieran levantado el país de la misma forma (ni mejor ni peor) los que les tocaba hacerlo de forma natural en caso de no haber existido una guerra pero que no pudieron hacerlo porque habían sido ejecutados, estaban en la prisión o en un largo y duro exilio.
Los inmigrantes que vinieron a Catalunya, mayormente en los 60, lo hicieron por necesidad, y bastante tuvieron con la miseria económica y con la falta de democracia como para ocuparse de decidir en qué lengua se comunicaban y a qué identidad pertenecían. Pero hay algo que frecuentemente pasa inadvertido: Franco los utilizó hábilmente para romper la homogeneidad de Catalunya, como elemento de españolización o “desnacionalización”. Él sabía perfectamente que esta mezcla (de hecho en su momento la población de habla no catalana era superior a la catalana) debilitaba la identidad catalana en su conjunto. Los efectos de esta maniobra aún se arrastran: en Catalunya no puede existir un consenso en temas globales referentes a la identidad, como por ejemplo a la hora de reclamar la independencia. ¿Por qué? Porque mucha de la población que integra Catalunya no se ha integrado (valga la redudancia) realmente y tiene una ideología española o españolista que reduce a la mínima expresión las posibilidades de éxito de cualquier propuesta que vaya más allá. Como la población de Catalunya viene de distintas aguas, no todos reman hacia la misma dirección, que sería lo lógico si la mayor parte de la población de Catalunya estuviera formada por catalanes. Y remar hacia la misma dirección pasa por ser consciente de luchar por la plena normalización de la lengua catalana, partiendo de la premisa de la represión histórica sistemática por parte de los distintos gobiernos de cada época (y la corriente de opinión que han generado a su favor). Esto no pasaría en ningún otro sitio de la península, primero porque cualquier región menos afectada por la inmigración ha conservado una homogeneidad cultural y social que le permitiría llegar a consensos con facilidad y por otro lado porque cualquier otra región que no sea Catalunya, Galicia o el País Vasco (también una parte de Valencia) no tiene unas particularidades históricas y culturales que la diferencian del conjunto (o su sentimiento identitario nacionalista está muy debilitado) y, por tanto, se integra perfectamente en el marco de España, dentro de la cuál se identifica.
¿Se imaginan que, por cualquier otra razón o circunstancia histórica, un buen puñado de catalanes hubiera emigrado en su momento a una comunidad autónoma española donde no hubiera una lengua y una cultura propia y diferenciada de la castellana? ¿Por ejemplo Extremadura o Castilla La Mancha? ¿Se imaginan que hubiera habido mayoría catalana y que los autóctonos, gente de habla castellana, hubieran sido minoría? ¿En qué lengua se hubiera hablado? ¿Los catalanes hubieran cedido (como ya hacen cuando alguien se le dirige en lengua castellana) por el criterio absurdo del mayor número de hablantes del castellano? ¿Hubieran sido bilingües? ¿Se les hubiera considerado intolerantes, culpables de una imposición o dictadura lingüística? ¿Qué hubiera pasado si la población hubiera quedado repartida equitativamente al 50%?
Son sólo hipótesis pero sirven para ver las cosas desde un punto de vista poco frecuente. ¿Alguien se las hace o se las ha hecho?
El odio es un sentimiento negativo, que normalmente suele provenir de algún trauma, complejo o miedo y con frecuencia está íntimamente ligado a lo irracional. Suele ser la combinación de ignorancia y miedo, y los fogones los enciende el prejuicio. En todo caso, lo lógico sería que se odiara a alguien o a algo en particular individualizable, porque en caso contrario se cae en una generalización. Entonces, odiar a un país, nación o comunidad (el término es lo de menos) es ridículo y carece de sentido puesto que un grupo humano tan amplio no es homogéneo sino muy diverso y además un país, una nación o una comunidad son entidades abstractas que luego las personas concretan, cada una con su singularidad. Ni una persona sola representa a su país y ningún país se define como un conjunto compacto de individuos idénticos.
Simpatizar, amar o identificarse con un país, nación o comunidad no implica ni mucho menos odiar a otra. En mi caso, yo soy catalán aunque desde un punto de vista legal y jurídico esté regido por normas y leyes del Estado español, pero no me siento español (los sentimientos son personales e intransferibles, por lo tanto no sujetos a juicios de valor o a debates opinativos, y el argumento de que en el d.n.i pone español me parece propio de una flojera mental). Me siento catalán, cosa que no puede ofender a nadie, y no odio a España, pero tampoco es para nada ofensivo que alguien se sienta español (el simplismo, primitivismo y maniqueísmo del nacionalismo español consiste en creer que quién defiende Catalunya está atacando a España). La clave está en el mutuo respeto, precisamente lo más difícil de conseguir.
Aquí entramos en el quid de la cuestión. Parece algo inevitable o cosustancial al ser humano el hecho de mirar con malos ojos lo que se aparta del prototipo, del modelo establecido o de la normalidad. En estos tiempos, en los que curiosamente la globalización tendría que haber convertido en natural y cívica la convivencia entre ciudadanos de diversos pueblos e ideologías, más que nunca se ve la diferencia con reticencia como una amenaza, no como una riqueza. Ésta es la situación que padece Catalunya dentro de España, la de no aceptación de sus particularidades, de su idiosincrasia, de su diferencia, que en ningún caso equivale a anormalidad o a capricho ni tampoco a privilegio. En este sentido, se puede considerar que está al mismo nivel que otras comunidades o sectores que por otras razones siempre han sido oprimidos: mujeres, personas de color, gitanos, judíos, moros o rumanos. Y sin embargo, las encuestas siempre llegan a la misma conclusión: España es un país que no se considera racista. ¿Si en España, mayoritariamente, ya no se respetan habitualmente las diferencias interiores, las provinentes de su propio territorio (las de la cultura catalana, vasca y gallega), cómo se va a respetar las procedentes de fuera de sus fronteras? Aquí por desgracia aún funciona con bastante frecuencia “el moro mierda”, “el negrata”, “el sudaca”, extrapolación lógica y natural del proceso de odio iniciado con las expresiones “polaco” o “catalufo” que además muestran mala educación y una profunda ignorancia geográfica. En España, pues, lo que se aleja del modelo “varón de raza blanca que se expresa en castellano y reniega de quiénes no comparten su visión única”, es decir lo que se aparte del monoculturalismo (mono como sinónimo de primate) ya es visto con suspicacia.
Volviendo a Catalunya, hay una metáfora sencilla y muy comprensible. Pongamos por ejemplo que hay una persona que, sólo y exclusivamente por sus diferencias, las que sean, siempre ha sido mal vista por el resto de sus vecinos, ¿no es lógico que no tenga ninguna simpatía por la comunidad y que, por lo tanto, no se identifique con ella ni se implique en ninguna causa colectiva? Salvando la distancia de la comparación, eso sucede con Catalunya. Tantos siglos de opresión y tantos episodios históricos consecutivos que ni la aparición de la democracia han detenido sólo pueden conllevar resquemor y mal ambiente. ¿Si a uno le odian sin ningún motivo, y aún más por ser de un país, cosa que no se escoge, o por identificarse con una cultura, algo que no ofende ni lesiona a nadie, no es lógico que no sienta precisamente afecto por quién le trata con menosprecio?
Teniendo en cuenta que está fuera de todo sentido común odiar a un país por lo explicado anteriormente, y que tampoco es lógico hacerlo tomando como referencia una persona del país (la parte por el todo), la pregunta es ¿de dónde viene el odio? ¿De la envidia por haber sido capaces de mantener de manera pacífica una cultura y una lengua? ¿De creer que esa lengua y cultura podrían suponer una amenaza a la supervivencia de las suyas? ¿De no haberse sometido al yugo de la lengua/cultura dominantes? ¿O del simple y primario rechazo a la diversidad? ¿Será que en realidad en el fondo lo que quieren es algo tan inmoral como la aniquilación de la lengua y la cultura catalanas?
El que es diferente no tiene que justificarse. Algún autor ha apuntado que Catalunya sufre un síndrome parecido al de la mujer maltratada. Siguiendo con el paralelismo, se podría decir que tiene dos opciones: callar y aguantar o rebelarse. Pero España (para ser más precisos, cierta España,en todo caso la más ruidosa mediáticamente, la de la derecha apoyada por la iglesia y el ejército, aunque un españolista de derechas y otro de izquierdas no se diferencian en casi nada) trata a Catalunya bajo la fórmula del “ni contigo ni sin ti”, poniendo zancadillas y quejándose al mismo tiempo cuando se levanta, es decir, negándole su legítimo derecho a la plena normalización de su lengua y cultura pero recordándole su deber de participar económicamente en el conjunto (con una aportación mayor que la mayoría de las otras regiones) cuando surgen las voces que invitan a la autodeterminación o a la independencia. En otras palabras, Catalunya sería sólo bien vista por unanimidad y gozaría de la estima del resto de zonas de la península si se españolizara, es decir, si renunciara a sus peculiaridades, a sus características y se subsumiera en el todo (si adoptara la lengua y cultura castellanas como propias y habituales); sólo así conseguiría una armonía, una sintonía, una conexión dentro del conjunto como parte indistinta. Pero claro, sería a costa de renunciar a su parte. ¿Cuándo uno no está a gusto en un sitio y lo tratan mal, la reacción natural no es irse?
Dado que no hay argumentos racionales para odiar a Catalunya, algunos tienen que recurrir a sus paranoias o cruzadas personales (como el forero FacHans Castorp de Muzikalia) e inventarse motivos tan peregrinos como el hecho de que toda España puso dinero para los olimpiadas de 1992. ¿No puso también toda España dinero para la Expo de Sevilla del mismo año o para los Juegos Mediterráneos de Almería o los ha despilfarrado de mala manera para la candidatura de Madrid que ha fracasado ya dos veces? ¿Eso significa que automáticamente también tenemos que odiar la gente de esos sitios?
Retomando la comparación, cuando la mujer decide poner fin a la situación de abuso, la alternativa más natural es la separación. ¿Cuándo una mujer se separa de su marido, también se trata de separatismo? Los intolerantes y los fascistas, en su constante afán tergiversador, hablan de victimismo para intentar girar la argumentación. Pues yo prefiero ser victimista que verduguista.